Subcontratar tu vida

Un hombre es rico en proporción al número de cosas que puede permitirse desatender. —henry david thoreau, naturalista

Si yo te contara esta historia, no me creerías, así que dejaré que la cuenta AJ. Servirá para calentar motores a la espera de cosas aún más increíbles que están por venir, cosas que tú experimentarás en carne propia.

Mi vida subcontratada

Un relato verdadero escrito por AJ Jacobs, redactor libre de la revista Esquire (los puntos suspensivos entre párrafos indican que ha pasado tiempo).

TODO EMPEZÓ hace un mes. Iba por la mitad leyendo El mundo es plano, el superventas de Tom Friedman. Me cae bien Friedman, a pesar de su misteriosa decisión de llevar bigote. En su libro habla de que subcontratar a la India y China no es sólo para asistencia técnica y fabricantes de coches, sino que va a transformar todos los sectores de la economía estadounidense, desde la abogacía hasta la banca o la contabilidad.

Yo no tengo una empresa; ni siquiera tengo una tarjeta de visita actualizada. Soy un escritor y periodista que trabaja desde su casa, normalmente en calzoncillos o, si me siento formal, con mis pantalones de pijama con estampado de pingüino.

Pero por otro lado, pienso, ¿por qué sólo pueden divertirse las megaempresas? ¿Por qué no puedo sumarme a una de las tendencias empresariales más importantes del nuevo siglo? ¿Por qué no puedo subcontratar mis tareas menores? ¿Por qué no puedo subcontratar mi vida?

Al día siguiente mando un email a Brickwork, una de las empresas que Friedman menciona en su libro. Brickwork—con sede en Bangalore, la India—ofrece “ayudantes ejecutivos a distancia”, en su mayoría a empresas financieras y sanitarias que necesitan procesar datos. Explico que deseo contratar a alguien que me ayude con los menesteres relacionados con Esquire: documentación, maquetación de memorandos, cosas así. El consejero delegado de la empresa, Vivek Kulkarni, me contesta: “Sería un gran placer tratar con una persona de su talla”. Esto ya me está gustando. Nunca he tenido talla antes. En Estados Unidos, casi ni inspiro respeto al que toma las comandas en una cervecería, así que está bien saber que en la India tengo talla.
Un par de días después, me llega un correo de mi flamante “ayudante ejecutiva a distancia”.

Estimado Jacobs:

Me llamo Honey K. Balani. A partir de ahora le ayudaré en su trabajo editorial y personal. . . Intentaré adaptarme a sus necesidades para alcanzar así su satisfacción deseada.

Satisfacción deseada. Esto es genial. Cuando trabajaba en oficinas, tenía ayudantes, pero nunca se habló de satisfacción deseada. De hecho, si alguien hubiera utilizado la expresión “satisfacción deseada”, hubiésemos terminado todos reunidos con mucha solemnidad con Recursos Humanos.

• • •

SALGO a cenar con mi amigo Misha, que se crió en la India, fundó una empresa de software y seguidamente se hizo tan rico que dan ganas de vomitar. Le hablo de la Operación Subcontratación. “Llama a Your Man in India”, me aconseja. Misha me explica que es una empresa para hombres de negocios indios que viven en el extranjero pero cuyos padres están en Nueva Delhi o Mumbai. YMII es su servicio de recados allá en la distancia: compran entradas de cine y móviles y objetos diversos para madres abandonadas.

Perfecto. Esto abre otras posibilidades en mi estrategia de subcontratación. Puedo definir claramente una división de tareas: Honey se encargará de mis asuntos profesionales y YMII atenderá mi vida personal: pagar recibos, hacer reservas para vacaciones o comprar cosas por Internet.  Felizmente, a YMII le agrada la idea, y así sin más el equipo auxiliar de Jacobs Inc se multiplica por dos en un santiamén.

• • •

HONEY ha terminado su primer proyecto para mí: documentarse acerca de la persona que Esquire ha elegido como “mujer viva más sexy”. Me han asignado para escribir un reportaje sobre esta mujer y la verdad es que no me apetece sudar tinta recorriendo las lúbricas webs que sus fans le han dedicado. Cuando abro el archivo de Honey, lo primero que me viene es: Estados Unidos está j*dido. Hay gráficos. Hay cabeceras en los apartados. Sus mascotas, medidas y comidas favoritas (p.ej. el pez espada) están desglosados ordenadamente. Si todos los bangaloreños son como Honey, me compadezco de los estadounidenses a punto de acabar la carrera. Van a tener que enfrentarse a un ejército hindú cortés, hambriento y experto en Excel.

• • •

DE HECHO, los días siguientes, subcontrato una auténtica maraña de recados digitales a Asha (de YMII, mi servicio personal): pagar recibos, comprar cosas de drugstore.com y buscar un peluche Elmo con cosquillas para mi hijo. (La verdad es que los Elmos con cosquillas se habían agotado, así que Asha le compró un Elmo pollo bailarín: acertada decisión). Le pedí que llamara a Cingular para preguntar sobre el plan de mi móvil. Sólo es una suposición, pero me apuesto algo a que su llamada fue dirigida de Bangalore a Nueva Jersey y luego a otro empleado de Cingular en Bangalore, lo que me pone contento no sé por qué.

• • •

ES LA cuarta mañana de mi nueva vida subcontratada; cuando enciendo el ordenador, veo la bandeja de entrada llena ya a estas horas de mensajes de mis ayudantes extranjeros. Es una sensación extraña tener gente trabajando para ti mientras duermes. Extraña pero estupenda. Mientras babeo sobre la almohada, no estoy perdiendo el tiempo: las cosas se están haciendo.

• • •

HONEY ES mi protectora. Fíjate en esto: Por alguna razón que desconozco, el Comité Turístico de Colorado me manda constantemente emails. (Últimamente me han mandado información acerca de un festival celebrado en Colorado Springs donde actuó el arlequín más famoso del mundo).  Le pido a Honey que les pida con delicadeza que dejen de mandarme sus notas de prensa. Este es el mensaje que envió:

Estimados todos:

Jacobs recibe con frecuencia correos con noticias sobre Colorado; con demasiada frecuencia. Los temas que tratan son, sin duda, interesantes. Sin embargo, dichos temas no son apropiados para “Esquire”. Asimismo, entendemos que han emprendido ustedes muchas iniciativas trabajando en la elaboración de estos artículos y enviándonoslos. Lo comprendemos. Por desgracia, leer estos artículos y correos llevaría demasiado tiempo. Actualmente, estos correos no cumplen función adecuada para ustedes ni nosotros. Por consiguiente, les pedimos que dejen de mandar dichos emails. Haciéndolo no pretendemos minusvalorar la labor de documentación que ellos conllevan. Esperamos que ustedes también nos entiendan.
Agradeciéndoselo,
Honey K B

Este es la mejor carta de rechazo de la historia del periodismo.  Es sumamente cortés, pero con un sutil fondo de indignación.  Honey parece casi ultrajada de que Colorado sea capaz de hacer perder a Jacobs su valioso tiempo.

• • •

Decido probar con mi próxima relación lógica: mi matrimonio.  Estas peleas con mi mujer me están matando—en parte porque Julie es mucho mejor debatiendo que yo. Quizás a Asha se le dé mejor.

Hola Asha:

Mi mujer se ha enfadado conmigo porque me olvidé de sacar dinero del cajero automático. . . Quizás podrías decirle que la quiero, pero a la vez recordarle suavemente que a ella también se le olvidan cosas: perdió su cartera dos veces el mes pasado. Y que se olvidó de comprar un cortauñas para Jasper.
AJ

No puedo expresar la ilusión que me hizo mandar esa nota. Es bastante difícil tener un comportamiento más pasivo-agresivo que reñir con tu mujer por email desde un subcontinente situado al otro lado del mundo.

A la mañana siguiente, Asha me puso en copia en el email que mandó a Julie.

Julie:

Entiendo que te enfadases porque me olvidé de sacar dinero del cajero. He estado olvidadizo y lo siento.
Pero eso no cambia el hecho de que te quiero mucho. . . .
Te quiero
AJ
PD: Asha en nombre del Sr. Jacobs.

Por si fuera poco, también le mandó a Julie una postal electrónica. Pincho para verla: Dos ositos de peluche abrazándose. Debajo dice: “Cuando necesites un abrazo, ya sabes que tengo uno para ti. . . . Lo siento”.

¡Mecachis! ¡Estos empleados externos sí que son simpáticos! ¡Recóncholis! Conservaron lo de las disculpas pero quitaron mi pequeña puntita. Intentan salvarme de mí mismo.
Están enfrentando mi superego a mi ello. Me siento castrado.

Julie, por otro lado, parece muy complacida.  “Qué bonito, cariñín. Te perdono”.

• • •

PESE A LLEVAR TRES semanas con mi equipo de auxiliares, sigo estresado. Quizás sea culpa del Elmo pollo bailarín, a quien mi hijo quiere hasta el punto del refrotamiento, pero que me está volviendo loco poco a poco. Sea cual se la razón, me figuro que es hora de conquistar una frontera más: subcontratar mi vida interior.

Primero intento delegar mi terapia. Mi plan es dar a Asha una lista de mis neurosis y un par de anécdotas de la infancia; mandarla a hablar con mi loquero 50 minutos y que luego me transmita sus consejos. Inteligente, ¿verdad? El loquero no quiso. Un rollo sobre ética o algo así. Pues vale. En su defecto, hice que Asha me enviase un informe meticulosamente documentado sobre cómo aliviar el estrés. Tenía un agradable toque hindú, con un par de posturas de yoga y algo de visualización.

Esto no estaba mal, pero no me parecía suficiente. Decidí que tenía que subcontratar mis preocupaciones. Llevo unas cuantas semanas arrancándome pelo porque un trato de negocios está tardando demasiado en cerrarse.  Le pregunté a Honey si le interesaría arrancarse pelo ella en mi lugar. Sólo unos minutos al día. Le pareció una idea estupenda. “Me preocuparé de esto todos los días”, me escribió. “Usted no se preocupe”.

Subcontratar mis neurosis ha sido uno de los experimentos más exitosos del mes. Cada vez que empezaba a rumiar el asunto, me recordaba a mí mismo que Honey ya estaba en ello, y me relajaba. No es broma. Sólo por eso ya mereció la pena.

Echa una ojeada a tu futuro

El futuro está aquí. Lo que pasa es que aún no se ha distribuido a todos.
—william gibson, autor of Neuromante; acuñó el término “ciberespacio” en 1984

Aqui va una mirada furtiva a la automatización total.

Me levanté esta mañana, y como es lunes, miré mi correo durante una hora después de un exquisito desayuno porteño. Sowmya desde la India había encontrado a un antiguo compañero mío de colegio, al que había perdido la pista hace años y Anakool de YMII había confeccionado informes de investigación en Excel acerca de la felicidad de los jubilados y la media de horas trabajadas al año en diversos campos. Un tercer ayudante remoto indio había concertado las entrevistas de esta semana, además de localizar las mejores escuelas de kendo de Japón y los profesores de salsa más renombrados de Cuba. En la siguiente carpeta de correo, me enteré complacido de que mi gestora de distribución y entregas, ubicada en Tennesse, Beth, había resuelto casi dos docenas de problemas en la última semana—haciendo así felices a nuestros mayores clientes chinos y sudafricanos—además de coordinar la declaración de impuestos relativa a las ventas en California con mis contables, que están en Michigan. Los impuestos se habían pagado con la tarjeta de crédito mía insertada en el sistema, y un rápido vistazo a mis cuentas bancarias confirmó que Shane y el resto del equipo de la empresa de cobro electrónico que utilizo estaba depositándome más dinero que el mes pasado.  Todo transcurría plácidamente en el mundo de la automatización.

Hacía un precioso día de sol. Cerré el portátil con una sonrisa. Por un bufé libre de desayuno con café y zumo de naranja he pagado 4 dólares estadounidenses. Los empleados indios subcontratados cuestan entre 4 y 10 dólares la hora. Los que tengo en EE.UU. cobran por resultados o cuando el producto se envía. Esto crea un curioso fenómeno empresarial. El flujo de efectivo negativo es imposible.

Te lo pasas bien si ganas dólares, vives con pesos y pagas en rupias, y no hemos hecho más que empezar.

Esto es sólo la punta del iceberg. ¿Quieres saber cómo gente asalariada subcontrata su vida y su trabajo sin que el jefe se entere/cabree? ¿Cómo montar un ejército de MBA extranjeros que cobran 5 dólares la hora y dedicarte tú a lo que quieras? ¿Cómo evitar errores fatales y llevarte el gato al agua? En el Capítulo 8, “Subcontratar tu vida” encontrarás más de 20 páginas de instrucciones detalladas sobre cómo hacer todo esto y mucho más. ¿A qué esperas para  hacerte con el libro?

Léete ya la guía nº 1 sobre diseño vital del mundo por 15 euros.

0 comentarios ↓

Sé el primero en comentar.

Escribe un comentario